¡Una historia escalofriante!
Estábamos esperando que llegara la ambulancia y la policía, mientras, rodeábamos el cuerpo con caras que iban desde la sorpresa, pasando por el dolor hasta la indiferencia. En la parte anterior del aula se había formado un corrillo entre maestros y compañeros, tan cerrado, que hacía el aire todavía más denso. Fabián tenía los ojos cerrados y una mueca irónica que le confería más irrealidad a la situación. Clavado en medio de su cabeza, un puñal de unos 20 cm., un reguero de sangre se expandía lentamente cubriendo las baldosas de un brillo rojo que no moría con él.
Aunque analizarían las huellas y otras pruebas forenses, sabíamos que no descubrirían al asesino, que las pruebas se extraviarían o quedarían archivadas en un almacén donde se amontonaban casos semejantes sin resolver. Pero todos nosotros conocíamos la identidad del matarife, una bestia cruel y escurridiza. Una especie de «omertá» nos impedía hablar claramente sobre ello. No era la primera vez que sucedía y al final, no sucedía nada.
Los políticos e instituciones, como siempre, afirmaban vehementemente que adjudicarían más recursos para evitar que volviera a pasar y perseguir y condenar al culpable, las escuelas decían que no estaban preparadas para abordar casos así, las familias de afectados por los mismos crímenes lloraban y clamaban su voz al cielo, entregaron su alma por ellos, para que no murieran, pero no era suficiente, los expertos en este tipo de delitos alertaban, asesoraban, apoyaban pero tampoco era suficiente. Los amigos y compañeros creíamos conocer a Fabián, a unos nos gustaba, a otros, no, pero todos descubrimos tarde o temprano que era diferente, que ni pensaba, ni estimaba ni percibía el mundo igual. Era brillante en aquello que le apasionaba, sí, ya sé que todos lo podemos ser, ¡pero él, más! Despreciaba las incongruencias de este planeta. Y al final, murió por ser como es. Tanto los que amenazaban satisfacción como los que destilaban pena, teníamos una cosa en común. Era un niño, ¡y no se mata a un niño!, sea como sea. No se le mata por ser incomodo a los demás, sean profes o compis, no se le mata por no saber qué hacer con él, no se le mata por, sin querer, ser una molestia para el sistema.
Hubo hasta quien pensó que se había suicidado, no sería el primer caso, pero no, murió desangrado porque lo asesinaron, 20 cm de una afilada hoja de incomprensión. Y todo esto por ser «así». Él no eligió ser «así», una impresionante fuerza dentro de su cabeza le empujaba a querer más, saber más, ser más, hacer más. Desde pequeño ya intentaron modelar y modular esa energía que no apreciaba los límites mundanos, la clasificaron, la desclasificaron, la ensalzaron y la aplastaron por decreto o dictamen.
Pobre Fabián!, me caía bien, aprendí muchas cosas con él y él conmigo. Aprendí a guardar secretos en un calcetín...ostras!, en un momento de confusión, cuando estaba llegando la ambulancia, metí la mano dentro de su calcetín izquierdo y saqué el papelito doblado en el que había escrita una inquietante pregunta, dadas las circunstancias: «¿Ya está?»
Han pasado los años y me he hecho mayor. No os lo he dicho, yo soy como Fabián, pero aprendí a esquivar al asesino (que todavía sigue suelto), a diferencia de mi amigo, siempre oculté mi brillo para que no me reconociera como posible merecedor de su puñal, hasta que descubrí que eso estaba acabando conmigo de otra manera. Decidí entonces hacer lo contrario, moverme tan rápido que fuera imposible cazarme, de hecho, ese movimiento veloz, al tiempo entendí que era mi ritmo normal y que casi me había acostumbrado a funcionar lento para pasar desapercibido a ojos del acuchillacerebros.
Gracias Fabian!
Estábamos esperando que llegara la ambulancia y la policía, mientras, rodeábamos el cuerpo con caras que iban desde la sorpresa, pasando por el dolor hasta la indiferencia. En la parte anterior del aula se había formado un corrillo entre maestros y compañeros, tan cerrado, que hacía el aire todavía más denso. Fabián tenía los ojos cerrados y una mueca irónica que le confería más irrealidad a la situación. Clavado en medio de su cabeza, un puñal de unos 20 cm., un reguero de sangre se expandía lentamente cubriendo las baldosas de un brillo rojo que no moría con él.
Aunque analizarían las huellas y otras pruebas forenses, sabíamos que no descubrirían al asesino, que las pruebas se extraviarían o quedarían archivadas en un almacén donde se amontonaban casos semejantes sin resolver. Pero todos nosotros conocíamos la identidad del matarife, una bestia cruel y escurridiza. Una especie de «omertá» nos impedía hablar claramente sobre ello. No era la primera vez que sucedía y al final, no sucedía nada.
Los políticos e instituciones, como siempre, afirmaban vehementemente que adjudicarían más recursos para evitar que volviera a pasar y perseguir y condenar al culpable, las escuelas decían que no estaban preparadas para abordar casos así, las familias de afectados por los mismos crímenes lloraban y clamaban su voz al cielo, entregaron su alma por ellos, para que no murieran, pero no era suficiente, los expertos en este tipo de delitos alertaban, asesoraban, apoyaban pero tampoco era suficiente. Los amigos y compañeros creíamos conocer a Fabián, a unos nos gustaba, a otros, no, pero todos descubrimos tarde o temprano que era diferente, que ni pensaba, ni estimaba ni percibía el mundo igual. Era brillante en aquello que le apasionaba, sí, ya sé que todos lo podemos ser, ¡pero él, más! Despreciaba las incongruencias de este planeta. Y al final, murió por ser como es. Tanto los que amenazaban satisfacción como los que destilaban pena, teníamos una cosa en común. Era un niño, ¡y no se mata a un niño!, sea como sea. No se le mata por ser incomodo a los demás, sean profes o compis, no se le mata por no saber qué hacer con él, no se le mata por, sin querer, ser una molestia para el sistema.
Hubo hasta quien pensó que se había suicidado, no sería el primer caso, pero no, murió desangrado porque lo asesinaron, 20 cm de una afilada hoja de incomprensión. Y todo esto por ser «así». Él no eligió ser «así», una impresionante fuerza dentro de su cabeza le empujaba a querer más, saber más, ser más, hacer más. Desde pequeño ya intentaron modelar y modular esa energía que no apreciaba los límites mundanos, la clasificaron, la desclasificaron, la ensalzaron y la aplastaron por decreto o dictamen.
Pobre Fabián!, me caía bien, aprendí muchas cosas con él y él conmigo. Aprendí a guardar secretos en un calcetín...ostras!, en un momento de confusión, cuando estaba llegando la ambulancia, metí la mano dentro de su calcetín izquierdo y saqué el papelito doblado en el que había escrita una inquietante pregunta, dadas las circunstancias: «¿Ya está?»
Han pasado los años y me he hecho mayor. No os lo he dicho, yo soy como Fabián, pero aprendí a esquivar al asesino (que todavía sigue suelto), a diferencia de mi amigo, siempre oculté mi brillo para que no me reconociera como posible merecedor de su puñal, hasta que descubrí que eso estaba acabando conmigo de otra manera. Decidí entonces hacer lo contrario, moverme tan rápido que fuera imposible cazarme, de hecho, ese movimiento veloz, al tiempo entendí que era mi ritmo normal y que casi me había acostumbrado a funcionar lento para pasar desapercibido a ojos del acuchillacerebros.
Gracias Fabian!