Tom
Hola, me llamo Tom y tengo 14 años, en realidad mi nombre verdadero es Ptolomeo, pero todo el mundo me llama Tom, supongo que mis padres querían un nombre especial para alguien especial, pensando que lo sería…y así ha sido, al menos eso es lo que dicen en casa y en el cole, bueno, mis compañeros no me llaman “especial”, me llaman “raro”. Toco el piano, la guitarra y el clarinete, toco en un grupo de thrash metal y he sido campeón nacional de ajedrez de mi categoría. Me encanta la informática. Admiro a Metallica, a Messi y a Ferrán Adrià. Y sobre todo, me gusta aprender cosas nuevas, soy curioso por naturaleza, no me asusta lo desconocido.
Mis padres…ay! mis padres. Mi padre es informático, mi madre trabaja en unos laboratorios farmacéuticos, “haciendo pociones”, como dice ella. Soy hijo único, por lo que han puesto sobre mi lo mejor y lo peor de ellos, así, sin repartir, to’ pa’ mi. También debo decir que en casa me han enseñado -y me enseñan- tanto como me han querido y me quieren. En casa jugar, divertirse y aprender siempre han sido la misma cosa. Yo jugaba, como muchos niños, con coches, pero antes de hacer un circuito de carreras por toda la casa tenía que abrir los coches y “tunearlos” a mi manera, veía qué había dentro y los volvía a montar…de otra manera, ¡claro!, me lo pasaba bomba haciendo puzles del revés, sin imagen o cocinando, combinando ingredientes, inventando platos exquisitamente asquerosos. Nunca tuve la sensación que me forzaran o me estimularan especialmente ni que me frenaran, simplemente preguntaba y me contestaban con algo que me llevaba a otra pregunta, esto, que era como un juego, al poco tiempo descubrí que terminaba en la puerta de mi casa. En cuanto salía, la cosa cambiaba…mucho.
Explican, y lo hacen cada vez que tienen la oportunidad, que de pequeño tenía mucha curiosidad por todo, que siempre estaba preguntando y quería saber, quería saberlo TODO, desde por ejemplo porqué me habían puesto un nombre tan peculiar para que todo el mundo me acabara llamando Tom, que creo que así se llama una cuarta parte de la población mundial, hasta qué es lo que hace que chirríen las puertas. No tengo muchos recuerdos de esa época, en cambio sí me acuerdo de cuando tomé mi primer narcótico, se llamaba Srta. Raquel, yo tenía 4 años, mi dosis, como la de mis compañeros, tenía que mantenernos durante aquel estado al menos 5 horas al día. Curiosamente aquel estupefaciente en forma humana tenía un efecto diferente dependiendo de quien la tomaba. Algunos niños estaban encantados, casi eufóricos cuando se les administraba 45 minutos de colorear letras y números, a mi me hacía el efecto contrario, primero me anestesiaba, luego, como supongo que mis receptores neuronales rechazaban el compuesto masdelomismo de la Srta. Raquel, pasaba de la ansiedad a la rabia y la desesperación con una facilidad asombrosa, me dedicaba a interrumpir la clase con lindezas del tipo “pintar no me deja pensar!” mientras hacía una figura geométrica resultado de algún cálculo con los números coloreados. Hubo cortos periodos de tiempo en los que se me reducía la dosis o se me cambiaba por ¡Cuadernos Nuevos!, tranquilos, falsa alarma, el compuesto era masdelomismoperopareceotracosa. En el patio la cosa cambiaba, mis compañeros a pesar de verme “raro”, no sólo me aceptaban sino que me necesitaban, ahora que lo pienso, creo que me aceptaban porqué me necesitaban, bueno, vale igual! Les solucionaba los problemas que tenían con algún trabajo o con algún problema logístico, véase recuperar una pelota pinchada o impartir justicia en una negociación de intercambio de cromos. Me gusta la gente, pero no la necesito, al menos para pensar. Este hecho lo he ido observando durante toda mi infancia y me ha hecho dudar mucho, ahora estoy seguro que es así.
Los problemas empezaron con 5 o 6 años, antes, parece ser que me lo pasaba bien.
Tutora: Hola Sres. Cerbero, les he citado porqué últimamente ha habido algunos problemas con Tom.
Padre: Sí, bueno, en casa también está muy inquieto y queríamos saber si pasaba algo en clase.
Tutora: Empezó el curso muy bien, ilusionado por aprender cosas, pero poco a poco fue desinteresándose por el trabajo y empezó a molestar a los compañeros, a llamar la atención en clase, a interrumpir las explicaciones de la maestra.
Madre: Pero ¿trabaja?
Tutora: Sí, sí, el trabajo lo hace bien y rápido, pero es impaciente y no respeta el ritmo de los demás
Padre: ¿Que no respeta el ritmo?, ¿Qué quiere decir?
Tutora: Que cómo acaba antes no es capaz de esperar tranquilo a los demás, tiene que hacer alguna cosa, que suele ser molestar.
Madre: ¿Y si le sobra tiempo para hacer cosas, porqué no le dan cosas para hacer?
Tutora: Ya lo hago, le doy más actividades para hacer, pero las rechaza, sólo quiere hacer lo que le gusta.
Padre: (con sorna) ¿No será pintar más números y letras?
Tutora. Deben entender que no podemos adelantar aprendizajes de cursos superiores o hacer cosas muy diferentes a los demás, eso provocaría más distanciamiento entre Tom y sus compañeros.
Madre: ¿Y qué piensan hacer?
Tutora: De momento hemos pedido a la psicóloga de la escuela que lo vea, a ver si tiene algún problema, ¿en casa todo va bien?
Padre: En casa siempre está ocupado, jugando o haciendo actividades, ahora le ha dado por leer y le encanta
Tutora: ¿Ya lee? Y ¿qué lee?
Madre: Sí, lee de todo desde Harry Potter hasta cualquier tomo de la enciclopedia. Se lo pasa muy bien buscando palabras nuevas.
Tutora: ¿No le estarán estimulando en casa para que aprenda más cosas?
Padre: (a la defensiva), ¿Disculpe?, ¿está prohibido aprender más cosas?, nosotros simplemente cuando pregunta, y le aseguro que pregunta mucho, le contestamos.
Madre: Una amiga nuestra que es psicóloga nos ha dicho que igual podía ser hiperactivo, y a nuestra vecina, que tiene un niño que se parece en algunas cosas a Tom le han dicho que era superdotado.
Como supondréis a partir de aquí la entrevista entró en un punto muerto, al final mis padres y la tutora quedaron para verse después de lo resultados de la psicóloga.
Para mí, sólo el poder salir de clase para ir a hacer juegos diferentes y que me hacían pensar ya me alegraba el día, tanto, que estuve varias semanas rogándoles a mis padres cuando me dejaban en el cole, que me llevaran a la psicóloga en vez de a clase.
No me voy a enrollar demasiado, la reunión posterior con la psicóloga, mi tutora y mis padres concluyó que yo era un niño muy inteligente, impaciente y con alguna carencia emocional ya que intentaba llamar la atención por algo. Para saber qué era ese algo había que ir a otro sitio para hacerme más pruebas.
A todo esto, mis padres estaban empezando a mosquearse, los mensajes que recibían eran:
Yo: Me aburro en clase, no me dejan aprender lo que quiero
Colegio: No respeta las normas, no acepta lo que le damos, tiene algún problema
Amigos, vecinos: Hiperactivo, superdotado
Como gente curiosa, rápidamente se fueron a informar de qué era ser hiperactivo y ser superdotado. Concluyeron que igual era superdotado, pero que también era cierto que ellos habían ayudado mucho a estimular mis ganas de saber cosas, de curiosearlo todo, lo cual, en este momento les hacía sentir culpables, no sabían si habían hecho bien en contestar a todo lo que preguntaba, muchas veces con respuestas que te llevaban a otra pregunta, ¡ay!, que divertido era ese juego!
Con estas paranoias fuimos al psicólogo especialista, figura que nos parecía tan enigmática como un oráculo, seguramente porqué esperábamos que nos diera la gran respuesta a todos mis hipotéticos males. Después de las consabidas pruebas, la respuesta del millón fue que yo era un niño superdotado, que eso quería decir que podía «asimilar y manejar mucha más información que la mayoría», que el estar mentalmente inactivo era hasta doloroso para mí, eso es cierto, os lo aseguro y que como medida inicial lo que habría que hacer era acelerarme, mis padres pensaron que el mismo psicólogo se había vuelto loco, ¿ no andaba yo bastante acelerado ya?, el psicólogo les explicó que eso suponía pasarme a un curso superior, pero que además seguramente se me debería hacer algún «programa personalizado» para que fuera más contento al cole y que seguramente se resolverían los problemas que tenía en el aula, originados por estar desmotivado y sentirse desatendido. Ellos dijeron que vale, que lo que fuera para que fuera contento, pero «nosotros ¿qué hacemos?» -les explicó que debían ponerse de acuerdo con la escuela para coincidir en cómo y cuanta información requiere Tom para aprender de forma satisfactoria-. Mis padres en vez de tranquilizarse, se inquietaron más, no querían problemas, me querían ayudar, y sabían que aquello iba a ser algo complicado.
Vuelta a la escuela, esta vez fueron con el informe del especialista con la recomendación, menos mis padres que ya no sabían qué pensar, parecía que todos estaban de acuerdo, eso de acelerarme no lo habían hecho nunca y les parecía un poco exagerado, que quizás sí fuera más inteligente, pero me negaba a hacer las tareas que me daban y que lo que necesitaba era más disciplina, se referían en casa, claro. Que primero lo que tenía que hacer es lo que hacían los demás compañeros y luego si realmente los resultados eran excelentes se me podría algo más de trabajo, que ya se vería.
Mi tío, que dicen era como yo, hace poco me dijo, «es como si cada día te dieran para comer un buen plato de lentejas, aunque al principio te gustaran, las acabas aborreciendo, espero al menos que no te pase como a mí, que acabé aborreciendo el comer». Vuelta al psicólogo, habla con la escuela, pero ésta le dice lo mismo que a mis padres, le vienen a decir que si es superdotado que lo demuestre.
Deciden cambiarme de cole, pero como en este nuevo no me conocen no van a hacer nada especial de entrada, que luego ya se verá, como a mí siempre me ha llamado la atención lo nuevo, mis intentos por situarme, por conocer y controlar el ambiente en el que me movía me tenían bastante ocupado, me seguía aburriendo con las materias, pero al menos tenía un aliciente. Como a pesar de no mostrar ningún interés por lo que me enseñaban aprendía igual y como cayó en sus manos el informe del psicólogo anterior, acabé yendo otra vez a la psicóloga de la escuela, más pruebas, ya empezaba a no hacerme tanta gracia. Conclusión, me acelerarían el curso siguiente, esto pintaba bien, otro cambio, me iba de 1º a 3º, en vez de a 2º de Primaria, me lo pasé bien, al menos no me iban a machacar con sumas, restas y lecturas de Teletubbie. Mis padres no lo pasaron tan bien, un hecho tan «público como adelantarme un curso», les afectó más a ellos que a mí, a mí, algún imbécil con complejo de inferioridad me provocaba por saber más que él siendo más pequeño, ¡que desfachatez!, pero como de las mil y una actividades extraescolares que he hecho, una fue judo, supe «parar el golpe». Mis padres lo llevaron peor, fueron víctimas de las miradas de padres de mis compañeros, de vecinos y de algunos amigos. «ay, pues mi hijo también lo debe ser, saca tan buenas notas», «pobre, tan pequeño y ya con los mayores, que se prepare», «¿quieres decir que es lo mejor para él?, igual se acompleja», etc. Alguna vez, de noche, había oído llorar a mamá mientras se preguntaban por qué no habían tenido un niño normal, yo sé que siempre se han sentido orgullosos de mí, pero aquello les desbordaba.
En una llamada al psicólogo, éste les sugirió una asociación de padres de chavales como yo. Allí se encontraron con otros padres que les explicaban momentos parecidos a los que habían pasado ellos, lo que tuvo un efecto balsámico nada más escucharles, no eran bichos raros, ni malos padres, ni habían engendrado un espécimen curioso, vaya, que al menos no se sentían solos ante el peligro. De paso, yo también fui durante un tiempo a las actividades que organizaban para los hijos, talleres científicos, excursiones astronómicas, carreras matemáticas, etc., ¡bien, divertido!
Mientras, en el cole -ya había pasado un año- el hecho de haberme pasado de curso se había vuelto normal, aceptable, pero para entonces yo había vuelto a las andadas, me volvía a aburrir, sí, al principio todo iba bien, entonces empecé a darme cuenta que simplemente se trataba que yo me adaptara a lo que hacían los demás, bueno, pues lo hice, la cosa se volvió como en el otro cole, más de lo mismo, en cuanto me «adapté», volvían a repetir las cosas una y otra vez, yo me volvía a poner nervioso. Vuelven a llamar a mis padres, «ay! que será ahora?!». Esta vez el cole había llamado al psicólogo, aquel que dijo que era superdotado, y les dijo que habría que hacerme nosequé personalizado. A mis padres les pareció bien, siempre bajo su lógica paternal de «decidir lo que sea mejor para él». Se trataba de ampliar las materias en las que iba mejor, eso sí que estaba bien!, supongo que al fin se dieron cuenta que me animaban los desafíos y, más avanzaba yo, más «estiraban» lo que me enseñaban. Aquello era lo más parecido a lo que hacían mis padres en casa conmigo, el juego de aprender. Sólo había una «pega», mis compañeros también veían que estaba haciendo algo diferente, para entonces, yo ya tenía un par de amigos, con lo que ya no me sentía sólo o tan raro, la verdad es que los cuatro comentarios de superTom, o de sabiondo no me afectaban, ¡al fin me divertía aprendiendo! Además, ayudó el que algunos profes empezaron a interesarse por «mi caso», según me enteré después, eso hizo que no se metieran tanto conmigo. Según el estudio sociológico que hice en mi clase, había cuatro tipos, los que pasaban de mi desde el principio, los que me acabaron aceptando, los que no, pero se tenían que aguantar, y mis dos amigos.
¿Qué más puedo contar? Los cursos pasaban, mis padres estaban tranquilos, contentos. En el cole, curiosamente empezaron a aparecer otros niños «superdotados». Yo me lo pasaba bien, además había pasado de famoso a conocido, de raro a especial y lo mejor, de conflictivo a brillante. Todo esto…hasta que me fui al Instituto.
En el Instituto, compañeros conocidos, compañeros nuevos, profes nuevos y testosterona, mucha testosterona. Si antes me interesaba por 1000 cosas, ahora lo hago por 10.000. Ya sé que puede sonar un poco chulillo, pero es como cuando Peter Parker se transforma en Spiderman. Mis habilidades mentales se amplían, pienso con más claridad, más rápido y todavía tengo más ganas de saber. Como nunca he sido un chico dócil, también aumentaron los problemas con los mayores, especialmente con mis padres y con los profes. En el Insti, como ya estaban «avisados» de mi «perfil especial» hubo diferentes reacciones, desde los que se pensaban que tenía patente de corso para hacer lo que quisiera a los que me envolvían de un aura de curiosidad. En resumen, decidieron que con el currículo de Secundaria ya tendría «suficiente», ¡otra vez! Yo he optado por radicalizar mi actitud: si me interesa lo que hago me pongo a tope y más, hasta el punto de agotar a mis profes, si no, paso totalmente, me niego, no hago nada, ya no me importa si apruebo o no. Creo que he demostrado ampliamente que puedo hace perfectamente lo que «ellos quieren», pero ya no, basta!, además hay más cosas que me interesan, p.ej. porqué la gente reacciona de tal o cual manera, qué me hace diferente y que me hace igual a los demás, qué contestar cuando una chica me invita al cine o un amigo me dice de ir a la discoteca, curioso lugar por cierto… Todo esto me ha llevado a casi repetir curso, en el último momento, en los exámenes finales decidí que masdelomismo sería peor, volver a repetir todo, uff! eso ya lo conozco, por lo que decidí sacarme todos los exámenes finales con sobresaliente, ante el mosqueo del claustro de profesores.
Más reuniones de profes, padres, psicólogos, no sé qué pasará, espero que cuando haga Bachillerato me dejen realmente hacer lo que quiero: Aprender
Bueno ale!, me voy, que he quedado para tocar con mi grupo, que hoy viene un señor de una discográfica a escucharnos, a ver qué pasa…
Hola, me llamo Tom y tengo 14 años, en realidad mi nombre verdadero es Ptolomeo, pero todo el mundo me llama Tom, supongo que mis padres querían un nombre especial para alguien especial, pensando que lo sería…y así ha sido, al menos eso es lo que dicen en casa y en el cole, bueno, mis compañeros no me llaman “especial”, me llaman “raro”. Toco el piano, la guitarra y el clarinete, toco en un grupo de thrash metal y he sido campeón nacional de ajedrez de mi categoría. Me encanta la informática. Admiro a Metallica, a Messi y a Ferrán Adrià. Y sobre todo, me gusta aprender cosas nuevas, soy curioso por naturaleza, no me asusta lo desconocido.
Mis padres…ay! mis padres. Mi padre es informático, mi madre trabaja en unos laboratorios farmacéuticos, “haciendo pociones”, como dice ella. Soy hijo único, por lo que han puesto sobre mi lo mejor y lo peor de ellos, así, sin repartir, to’ pa’ mi. También debo decir que en casa me han enseñado -y me enseñan- tanto como me han querido y me quieren. En casa jugar, divertirse y aprender siempre han sido la misma cosa. Yo jugaba, como muchos niños, con coches, pero antes de hacer un circuito de carreras por toda la casa tenía que abrir los coches y “tunearlos” a mi manera, veía qué había dentro y los volvía a montar…de otra manera, ¡claro!, me lo pasaba bomba haciendo puzles del revés, sin imagen o cocinando, combinando ingredientes, inventando platos exquisitamente asquerosos. Nunca tuve la sensación que me forzaran o me estimularan especialmente ni que me frenaran, simplemente preguntaba y me contestaban con algo que me llevaba a otra pregunta, esto, que era como un juego, al poco tiempo descubrí que terminaba en la puerta de mi casa. En cuanto salía, la cosa cambiaba…mucho.
Explican, y lo hacen cada vez que tienen la oportunidad, que de pequeño tenía mucha curiosidad por todo, que siempre estaba preguntando y quería saber, quería saberlo TODO, desde por ejemplo porqué me habían puesto un nombre tan peculiar para que todo el mundo me acabara llamando Tom, que creo que así se llama una cuarta parte de la población mundial, hasta qué es lo que hace que chirríen las puertas. No tengo muchos recuerdos de esa época, en cambio sí me acuerdo de cuando tomé mi primer narcótico, se llamaba Srta. Raquel, yo tenía 4 años, mi dosis, como la de mis compañeros, tenía que mantenernos durante aquel estado al menos 5 horas al día. Curiosamente aquel estupefaciente en forma humana tenía un efecto diferente dependiendo de quien la tomaba. Algunos niños estaban encantados, casi eufóricos cuando se les administraba 45 minutos de colorear letras y números, a mi me hacía el efecto contrario, primero me anestesiaba, luego, como supongo que mis receptores neuronales rechazaban el compuesto masdelomismo de la Srta. Raquel, pasaba de la ansiedad a la rabia y la desesperación con una facilidad asombrosa, me dedicaba a interrumpir la clase con lindezas del tipo “pintar no me deja pensar!” mientras hacía una figura geométrica resultado de algún cálculo con los números coloreados. Hubo cortos periodos de tiempo en los que se me reducía la dosis o se me cambiaba por ¡Cuadernos Nuevos!, tranquilos, falsa alarma, el compuesto era masdelomismoperopareceotracosa. En el patio la cosa cambiaba, mis compañeros a pesar de verme “raro”, no sólo me aceptaban sino que me necesitaban, ahora que lo pienso, creo que me aceptaban porqué me necesitaban, bueno, vale igual! Les solucionaba los problemas que tenían con algún trabajo o con algún problema logístico, véase recuperar una pelota pinchada o impartir justicia en una negociación de intercambio de cromos. Me gusta la gente, pero no la necesito, al menos para pensar. Este hecho lo he ido observando durante toda mi infancia y me ha hecho dudar mucho, ahora estoy seguro que es así.
Los problemas empezaron con 5 o 6 años, antes, parece ser que me lo pasaba bien.
Tutora: Hola Sres. Cerbero, les he citado porqué últimamente ha habido algunos problemas con Tom.
Padre: Sí, bueno, en casa también está muy inquieto y queríamos saber si pasaba algo en clase.
Tutora: Empezó el curso muy bien, ilusionado por aprender cosas, pero poco a poco fue desinteresándose por el trabajo y empezó a molestar a los compañeros, a llamar la atención en clase, a interrumpir las explicaciones de la maestra.
Madre: Pero ¿trabaja?
Tutora: Sí, sí, el trabajo lo hace bien y rápido, pero es impaciente y no respeta el ritmo de los demás
Padre: ¿Que no respeta el ritmo?, ¿Qué quiere decir?
Tutora: Que cómo acaba antes no es capaz de esperar tranquilo a los demás, tiene que hacer alguna cosa, que suele ser molestar.
Madre: ¿Y si le sobra tiempo para hacer cosas, porqué no le dan cosas para hacer?
Tutora: Ya lo hago, le doy más actividades para hacer, pero las rechaza, sólo quiere hacer lo que le gusta.
Padre: (con sorna) ¿No será pintar más números y letras?
Tutora. Deben entender que no podemos adelantar aprendizajes de cursos superiores o hacer cosas muy diferentes a los demás, eso provocaría más distanciamiento entre Tom y sus compañeros.
Madre: ¿Y qué piensan hacer?
Tutora: De momento hemos pedido a la psicóloga de la escuela que lo vea, a ver si tiene algún problema, ¿en casa todo va bien?
Padre: En casa siempre está ocupado, jugando o haciendo actividades, ahora le ha dado por leer y le encanta
Tutora: ¿Ya lee? Y ¿qué lee?
Madre: Sí, lee de todo desde Harry Potter hasta cualquier tomo de la enciclopedia. Se lo pasa muy bien buscando palabras nuevas.
Tutora: ¿No le estarán estimulando en casa para que aprenda más cosas?
Padre: (a la defensiva), ¿Disculpe?, ¿está prohibido aprender más cosas?, nosotros simplemente cuando pregunta, y le aseguro que pregunta mucho, le contestamos.
Madre: Una amiga nuestra que es psicóloga nos ha dicho que igual podía ser hiperactivo, y a nuestra vecina, que tiene un niño que se parece en algunas cosas a Tom le han dicho que era superdotado.
Como supondréis a partir de aquí la entrevista entró en un punto muerto, al final mis padres y la tutora quedaron para verse después de lo resultados de la psicóloga.
Para mí, sólo el poder salir de clase para ir a hacer juegos diferentes y que me hacían pensar ya me alegraba el día, tanto, que estuve varias semanas rogándoles a mis padres cuando me dejaban en el cole, que me llevaran a la psicóloga en vez de a clase.
No me voy a enrollar demasiado, la reunión posterior con la psicóloga, mi tutora y mis padres concluyó que yo era un niño muy inteligente, impaciente y con alguna carencia emocional ya que intentaba llamar la atención por algo. Para saber qué era ese algo había que ir a otro sitio para hacerme más pruebas.
A todo esto, mis padres estaban empezando a mosquearse, los mensajes que recibían eran:
Yo: Me aburro en clase, no me dejan aprender lo que quiero
Colegio: No respeta las normas, no acepta lo que le damos, tiene algún problema
Amigos, vecinos: Hiperactivo, superdotado
Como gente curiosa, rápidamente se fueron a informar de qué era ser hiperactivo y ser superdotado. Concluyeron que igual era superdotado, pero que también era cierto que ellos habían ayudado mucho a estimular mis ganas de saber cosas, de curiosearlo todo, lo cual, en este momento les hacía sentir culpables, no sabían si habían hecho bien en contestar a todo lo que preguntaba, muchas veces con respuestas que te llevaban a otra pregunta, ¡ay!, que divertido era ese juego!
Con estas paranoias fuimos al psicólogo especialista, figura que nos parecía tan enigmática como un oráculo, seguramente porqué esperábamos que nos diera la gran respuesta a todos mis hipotéticos males. Después de las consabidas pruebas, la respuesta del millón fue que yo era un niño superdotado, que eso quería decir que podía «asimilar y manejar mucha más información que la mayoría», que el estar mentalmente inactivo era hasta doloroso para mí, eso es cierto, os lo aseguro y que como medida inicial lo que habría que hacer era acelerarme, mis padres pensaron que el mismo psicólogo se había vuelto loco, ¿ no andaba yo bastante acelerado ya?, el psicólogo les explicó que eso suponía pasarme a un curso superior, pero que además seguramente se me debería hacer algún «programa personalizado» para que fuera más contento al cole y que seguramente se resolverían los problemas que tenía en el aula, originados por estar desmotivado y sentirse desatendido. Ellos dijeron que vale, que lo que fuera para que fuera contento, pero «nosotros ¿qué hacemos?» -les explicó que debían ponerse de acuerdo con la escuela para coincidir en cómo y cuanta información requiere Tom para aprender de forma satisfactoria-. Mis padres en vez de tranquilizarse, se inquietaron más, no querían problemas, me querían ayudar, y sabían que aquello iba a ser algo complicado.
Vuelta a la escuela, esta vez fueron con el informe del especialista con la recomendación, menos mis padres que ya no sabían qué pensar, parecía que todos estaban de acuerdo, eso de acelerarme no lo habían hecho nunca y les parecía un poco exagerado, que quizás sí fuera más inteligente, pero me negaba a hacer las tareas que me daban y que lo que necesitaba era más disciplina, se referían en casa, claro. Que primero lo que tenía que hacer es lo que hacían los demás compañeros y luego si realmente los resultados eran excelentes se me podría algo más de trabajo, que ya se vería.
Mi tío, que dicen era como yo, hace poco me dijo, «es como si cada día te dieran para comer un buen plato de lentejas, aunque al principio te gustaran, las acabas aborreciendo, espero al menos que no te pase como a mí, que acabé aborreciendo el comer». Vuelta al psicólogo, habla con la escuela, pero ésta le dice lo mismo que a mis padres, le vienen a decir que si es superdotado que lo demuestre.
Deciden cambiarme de cole, pero como en este nuevo no me conocen no van a hacer nada especial de entrada, que luego ya se verá, como a mí siempre me ha llamado la atención lo nuevo, mis intentos por situarme, por conocer y controlar el ambiente en el que me movía me tenían bastante ocupado, me seguía aburriendo con las materias, pero al menos tenía un aliciente. Como a pesar de no mostrar ningún interés por lo que me enseñaban aprendía igual y como cayó en sus manos el informe del psicólogo anterior, acabé yendo otra vez a la psicóloga de la escuela, más pruebas, ya empezaba a no hacerme tanta gracia. Conclusión, me acelerarían el curso siguiente, esto pintaba bien, otro cambio, me iba de 1º a 3º, en vez de a 2º de Primaria, me lo pasé bien, al menos no me iban a machacar con sumas, restas y lecturas de Teletubbie. Mis padres no lo pasaron tan bien, un hecho tan «público como adelantarme un curso», les afectó más a ellos que a mí, a mí, algún imbécil con complejo de inferioridad me provocaba por saber más que él siendo más pequeño, ¡que desfachatez!, pero como de las mil y una actividades extraescolares que he hecho, una fue judo, supe «parar el golpe». Mis padres lo llevaron peor, fueron víctimas de las miradas de padres de mis compañeros, de vecinos y de algunos amigos. «ay, pues mi hijo también lo debe ser, saca tan buenas notas», «pobre, tan pequeño y ya con los mayores, que se prepare», «¿quieres decir que es lo mejor para él?, igual se acompleja», etc. Alguna vez, de noche, había oído llorar a mamá mientras se preguntaban por qué no habían tenido un niño normal, yo sé que siempre se han sentido orgullosos de mí, pero aquello les desbordaba.
En una llamada al psicólogo, éste les sugirió una asociación de padres de chavales como yo. Allí se encontraron con otros padres que les explicaban momentos parecidos a los que habían pasado ellos, lo que tuvo un efecto balsámico nada más escucharles, no eran bichos raros, ni malos padres, ni habían engendrado un espécimen curioso, vaya, que al menos no se sentían solos ante el peligro. De paso, yo también fui durante un tiempo a las actividades que organizaban para los hijos, talleres científicos, excursiones astronómicas, carreras matemáticas, etc., ¡bien, divertido!
Mientras, en el cole -ya había pasado un año- el hecho de haberme pasado de curso se había vuelto normal, aceptable, pero para entonces yo había vuelto a las andadas, me volvía a aburrir, sí, al principio todo iba bien, entonces empecé a darme cuenta que simplemente se trataba que yo me adaptara a lo que hacían los demás, bueno, pues lo hice, la cosa se volvió como en el otro cole, más de lo mismo, en cuanto me «adapté», volvían a repetir las cosas una y otra vez, yo me volvía a poner nervioso. Vuelven a llamar a mis padres, «ay! que será ahora?!». Esta vez el cole había llamado al psicólogo, aquel que dijo que era superdotado, y les dijo que habría que hacerme nosequé personalizado. A mis padres les pareció bien, siempre bajo su lógica paternal de «decidir lo que sea mejor para él». Se trataba de ampliar las materias en las que iba mejor, eso sí que estaba bien!, supongo que al fin se dieron cuenta que me animaban los desafíos y, más avanzaba yo, más «estiraban» lo que me enseñaban. Aquello era lo más parecido a lo que hacían mis padres en casa conmigo, el juego de aprender. Sólo había una «pega», mis compañeros también veían que estaba haciendo algo diferente, para entonces, yo ya tenía un par de amigos, con lo que ya no me sentía sólo o tan raro, la verdad es que los cuatro comentarios de superTom, o de sabiondo no me afectaban, ¡al fin me divertía aprendiendo! Además, ayudó el que algunos profes empezaron a interesarse por «mi caso», según me enteré después, eso hizo que no se metieran tanto conmigo. Según el estudio sociológico que hice en mi clase, había cuatro tipos, los que pasaban de mi desde el principio, los que me acabaron aceptando, los que no, pero se tenían que aguantar, y mis dos amigos.
¿Qué más puedo contar? Los cursos pasaban, mis padres estaban tranquilos, contentos. En el cole, curiosamente empezaron a aparecer otros niños «superdotados». Yo me lo pasaba bien, además había pasado de famoso a conocido, de raro a especial y lo mejor, de conflictivo a brillante. Todo esto…hasta que me fui al Instituto.
En el Instituto, compañeros conocidos, compañeros nuevos, profes nuevos y testosterona, mucha testosterona. Si antes me interesaba por 1000 cosas, ahora lo hago por 10.000. Ya sé que puede sonar un poco chulillo, pero es como cuando Peter Parker se transforma en Spiderman. Mis habilidades mentales se amplían, pienso con más claridad, más rápido y todavía tengo más ganas de saber. Como nunca he sido un chico dócil, también aumentaron los problemas con los mayores, especialmente con mis padres y con los profes. En el Insti, como ya estaban «avisados» de mi «perfil especial» hubo diferentes reacciones, desde los que se pensaban que tenía patente de corso para hacer lo que quisiera a los que me envolvían de un aura de curiosidad. En resumen, decidieron que con el currículo de Secundaria ya tendría «suficiente», ¡otra vez! Yo he optado por radicalizar mi actitud: si me interesa lo que hago me pongo a tope y más, hasta el punto de agotar a mis profes, si no, paso totalmente, me niego, no hago nada, ya no me importa si apruebo o no. Creo que he demostrado ampliamente que puedo hace perfectamente lo que «ellos quieren», pero ya no, basta!, además hay más cosas que me interesan, p.ej. porqué la gente reacciona de tal o cual manera, qué me hace diferente y que me hace igual a los demás, qué contestar cuando una chica me invita al cine o un amigo me dice de ir a la discoteca, curioso lugar por cierto… Todo esto me ha llevado a casi repetir curso, en el último momento, en los exámenes finales decidí que masdelomismo sería peor, volver a repetir todo, uff! eso ya lo conozco, por lo que decidí sacarme todos los exámenes finales con sobresaliente, ante el mosqueo del claustro de profesores.
Más reuniones de profes, padres, psicólogos, no sé qué pasará, espero que cuando haga Bachillerato me dejen realmente hacer lo que quiero: Aprender
Bueno ale!, me voy, que he quedado para tocar con mi grupo, que hoy viene un señor de una discográfica a escucharnos, a ver qué pasa…